El testimonio de Midge

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Desde muy joven, he sido una niña espiritual con un hambre de aprender acerca de Dios y de la Biblia. Asistí a escuelas primarias católicas. Cuando estuve en la escuela intermedia, nos mudamos a Utah y asistí a la iglesia mormona. Durante mis años en la escuela secundaria, nos mudamos al Estado de Washington y asistía a cualquier iglesia que estuviera cerca. Poco después de casarme, nos mudamos a Hawaii y comencé a estudiar con los testigos de Jehová. Me gustaban los Testigos porque ellos fueron los primeros en usar mucho la Biblia y me encantaba aprender.

Comencé a estudiar con los testigos de Jehová en 1959 y fui bautizada en 1962. Fui una Testigo fuerte y activa en los siguientes 16 años. Aunque yo era una “hermana” (una testigo de Jehová mujer), fui asignada a las posiciones de “Sierva Territorial Temporal de Revistas” y “Conductora del Estudio de Libro” hasta que algún hermano (testigo de Jehová varón) calificado estuviera disponible para asumir estas posiciones en nuestra congregación recientemente formada.

Aún cuando siempre les estaba haciendo preguntas a los ancianos y a veces no estaba de acuerdo con sus respuestas, nunca dudé de que los testigos de Jehová fueran la organización de Jehová. Había veces cuando no me sentía contenta con la manera en que sucedían las cosas en la Organización, pero creía que los que estaban en el liderazgo serían responsables ante Jehová. Yo pensé que debíamos soportar los problemas porque creía que esta religión era el único lugar donde tenían “la verdad.” Me enseñaron que este era el lugar en el que Jehová quería que estuviésemos, para bien o para mal, como en los días de Israel cuando una persona debía permanecer con el pueblo de Jehová para ser bendecido por Dios. Entonces permanecí allí, pero siempre veía a los que estaban en el liderazgo, incluso a los miembros del Cuerpo Gobernante, como simples seres humanos que podían equivocarse. En mi mente, Jehová siempre estaba separado de ellos, y no me molestaba estar en descuerdo con algo que ellos enseñaran si es que no daban una razón Escritural para aquello. Mirando hacia atrás ahora, creo que esta actitud fue mi salvación.

En 1979, un hermano de Betel (La Sede Principal de la Organización Watchtower en Brooklyn, Nueva York) vino a la congregación. Él pensaba que las mujeres eran inútiles, especialmente aquellas que daban sus opiniones y dudaban de ciertas cosas. Los ancianos de la congregación fueron intimidados por él, así que él prácticamente controlaba las cosas. Un día, él excomulgó a mi amiga Joan, quien estaba casada con Doug, un anciano y Conductor del Estudio de Libro. Joan y yo éramos amigas muy cercanas y yo sabía que ella no había hecho nada malo, excepto el haber sido honesta con respecto a lo que sentía. Y como no fue intimidada por este anciano para quedarse callada con respecto a lo que sentía, era el tipo de mujer que este anciano no podía soportar. Ella no estaba “arrepentida” para nada y actuó como si no le importara haber sido excomulgada.

Luego, más adelante en 1979, su esposo Doug también fue excomulgado. Después de que Joan fue excomulgada, él fue quitado del puesto de anciano y dejó de asistir a las reuniones.  No obstante, estaba impactado por haber sido excomulgado al igual que todos los que éramos cercanos a su familia. Le pregunté a Doug: “¿Con que motivo te excomulgaron?”, y Él me respondió que no lo sabía porque no tuvo una audiencia.  Entonces les pregunté a los ancianos que cómo habían podido excomulgar a alguien sin tener una audiencia. Ellos mintieron y dijeron que él sí la había tenido.

Esta serie de eventos puso en acción el viaje de mi salida de la Organización. Cuando algunos de nosotros dimos nuestra opinión acerca de lo que este anciano y los otros habían hecho al excomulgar a Doug sin concederle una audiencia, acudí a la Oficina Sucursal de la Watchtower y les expliqué la situación. Ellos finalmente enviaron al Siervo de Circuito para investigar y resolver el asunto. Él se enteró que en realidad ellos habían excomulgado a Doug sin tener una audiencia, pero nos dijo que nos mantuviéramos callados con respecto a esto y que no discutiéramos el asunto con nadie. Entonces los ancianos habían mentido, fueron en contra de la política de expulsión de la Sociedad, hablaron mal de mí y de los que hablaron en contra de lo que ellos habían hecho, y nos silenciaron al advertirle a la congregación acerca de aquellos que estaban “dudando de los santos” en la posición de liderazgo. Fuimos maltratados y evitados como si tuviésemos una plaga. Aún así, no se debía hablar de nada de esto, a la congregación nunca se le dijo la verdad acerca de lo que sucedió, nuestros nombres nunca fueron exculpados y todo lo que hicieron los ancianos se ocultó.

Los hombres en posiciones de liderazgo en la congregación y los hombres en el liderazgo de la oficina Sucursal no vieron ningún problema con lo que había sucedido. Los miembros de la congregación que me habían conocido durante muchos años como una Testigo fiel, simplemente cerraron sus ojos y oídos a lo que estaba sucediendo porque para ellos era más importante permanecer “a salvo,” que defender lo que era correcto. A estas alturas, vi a toda la Organización, de arriba a abajo, como una farsa. De pronto todas las palabras que utilizaban para apoyar sus afirmaciones de autoridad espiritual no significaban nada cuando eran confrontadas con sus acciones. Me di cuenta que esta no podía ser la organización de Jehová. Jesús dijo, “Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:20)1. “En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre sí.” (Juan 13:35, Traducción del Nuevo Mundo). Supe entonces, que mi tiempo en la organización había terminado. Desde ese día en adelante dejé de asistir a las reuniones.

Cuando supe que Joan y Doug habían encontrado una iglesia nueva y habían comenzado a tener un estudio bíblico en su casa, estudiando el libro de Juan, comencé a asistir a sus estudios. Comencé a ver muchas cosas en el estudio que hacían parecer como si yo nunca antes hubiera leído Juan. El pastor de la congregación vino una vez y yo tenía muchas preguntas por las que quería respuestas. Pero todo lo que me dijo acerca de Jesús, yo ya lo sabía. Yo sabía que Él era nuestro Salvador y nuestro rey, y que Él pagó el rescate por la humanidad. Yo sabía que era imperfecta y una pecadora. Así que, según todo lo que yo sabía y lo que él compartió conmigo, yo debí haber “nacido de nuevo.” Sin embargo, no me sentía nacida de nuevo y no podía ver cómo, sólo por decir o incluso creer aquellas cosas, me harían diferente de lo que yo era en ese momento. Fue muy frustrante para mí porque nadie pudo darme respuestas satisfactorias a mis preguntas.

Finalmente, acudí a una fuente de información que no había utilizado mucho siendo testigo de Jehová. Acudí a Jehová en oración y le dije que si Él quería que yo “naciera de nuevo,” que Él hiciera que esto sucediera. Él era el único que podía responder a mis preguntas, así que dependía de Él. Antes de ese tiempo, yo no sabía realmente lo que era la “fe.” Escrituras como “Pedid, y se os dará…” (Mateo 7:7), “me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13), vinieron a mi mente y las creí. No importando cuánto tiempo tomara, yo estaba determinada a encontrar respuestas. ¡Y lo hice! Venir a Cristo es algo que se experimenta, no es algo que se puede explicar completamente y no es lo mismo para todas las personas. Pero puedo decirles esto, cuando sucede, uno lo sabe.

Unas cuantas frases que leí en un libro cristiano realmente me impactaron. El autor escribió que Cristo no murió por nuestros pecados, Él murió por nosotros como pecadores. No se trataba tanto de que mis pecados fueron perdonados, puesto que YO, la pecadora, fue perdonada. Puede que no se vea mucho la diferencia para algunos de ustedes, pero lo significó todo para mí. Cuando desperté la mañana siguiente, yo era diferente. Tuve una sensación de amor hacia todos, lo cual era algo extraño para mí, pues esto era muy diferente de mi personalidad normal. Claro que yo amaba a mi familia y a algunos de mis amigos, pero no amaba a la gente que no conocía o a gente como los testigos de Jehová, que habían dicho y creído mentiras acerca de mí. Pero este nuevo amor que recibí para todos, no se ha ido, ¡incluso 29 años después! Ahora sé que el cambio en mí fue el Espíritu de Dios en mi corazón. Supe entonces que había nacido de nuevo, o que había nacido del Espíritu.

¡El caminar con Cristo ha sido una aventura! Al principio fue difícil, pues tuve mucho que aprender. Hubo muchas cosas en mí que necesitaban ser trabajadas y esto significó tener muchas experiencias de aprendizaje. Me vi puesta en situaciones que no me agradaron para nada, sin embargo, yo sabía lo que debía hacer. Dios siempre me enseñó el camino correcto, pero yo tenía que decidir si tomar ese camino o no. Cuando yo no quería hacer las cosas a su manera, me quedaba sobre la cerca sin ir a ningún lado. Pero eso no funcionaba y me hacía sentir más miserable. De modo que tenía que decidir, una y otra vez, si debía hacer las cosas a la manera de Dios o a mi manera. Decidí que era mejor hacerlo a la manera de Dios, no porque fuera predominantemente obediente, sino porque sabía que, si no hacía las cosas a la manera de Dios, iba a tener que pasar por la misma prueba una y otra vez hasta que hiciera lo correcto. Sabía que Dios no me permitiría avanzar más en mi caminar con Él hasta que pasara esta prueba. El dolor de hacer lo que Dios quiere siempre es menor en comparación a tener que experimentar la prueba una y otra vez sin ser capaz de avanzar. Entre más hago las cosas a su manera, mi fe y mi caminar espiritual se van fortaleciendo más. Todavía atravieso por pruebas y tribulaciones, pero ahora las veo como oportunidades para crecer, aprender y ser más fuerte en mi fe. Cuando una persona resulta victoriosa después de una prueba, no en su propia fuerza, sino en la fuerza de Dios, uno cambia para bien. Sabemos más, entendemos más, nuestra perspectiva se hace más profunda y ¡las recompensas son grandes!

Para caminar “día a día” con Dios, sólo vivo mi vida. Cuando Dios quiere que haga algo, me lo hace saber y yo lo hago. No estoy buscando cosas qué hacer, porque si Dios no está detrás de estas, sería una pérdida de tiempo y de energía. Dios obra con todos nosotros de modos diferentes. Lo que Él tiene para mí, no es lo que tiene para alguien más. Cada quien es único, tiene diferentes dones y es utilizado en maneras diferentes. Cristo es nuestra cabeza y nosotros somos su cuerpo. Él dirige cada parte según su voluntad y no según lo que nosotros creemos que deberíamos estar haciendo.

No veo los tiempos difíciles o las pruebas como algo que viene de Satanás aún cuando pueda ser que él los esté causando. Cualquier cosa que Dios permita o disponga es su voluntad, y cualquier cosa que Él le permita a Satanás o a la vida que pongan en mi camino, lo veo como si viniera de Él. Sé que el resultado de la prueba depende de mi fe en Él. La fe en Dios no es fe en lo que Él hará o no hará, sino en QUIEN es Él. Sé que Él me protege, me ama, y nunca permitirá que suceda nada en mi vida sin una buena razón. No me corresponde conocer esa razón, sino que sólo debo confiar en quien es Él y atravesar esto en su gracia.

Para mí, una vida sin Cristo es una vida de esclavitud y de cargas pesadas. Es caminar en una especie de oscuridad donde no puedes discernir lo que es real de lo que es imitación. Es una vida apartada de aquellos a los que no podemos amar con un simple amor humano. Es una vida de tratar con tanta dificultad de hacer las cosas con tus propias fuerzas y sabiendo muchas veces que es una tarea imposible. Es no ser capaz de ver nuestras propias debilidades y faltas, pero juzgamos a otros por las suyas. Sin el Espíritu de Cristo dentro de ti, vives en un sitio diferente. Caminas en la tierra, pero no puedes ir más allá de esta.

Las buenas nuevas son estas, que cuando Cristo está en ti, Él trae luz, vida, fortaleza, amor, sabiduría, verdad y libertad. ¡El Espíritu de Cristo dentro de ti te da “alas”!

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1. A menos que se indique algo diferente, todas las citas Bíblicas son tomadas de la Versión Reina Valera 1960

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