El testimonio de Allison

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.:ALLISON

Mis padres me criaron como una testigo de Jehová. A la temprana edad de cuatro años, recuerdo haber asistido a las reuniones y salido al servicio de campo de puerta en puerta. Nuestros momentos familiares consistían en estudios bíblicos semanales utilizando las publicaciones de la Sociedad Watchtower.

 

Los padres de mi madre eran considerados “apóstatas,” de modo que no se me permitió tener una relación con ellos. Se me enseñó a creer que ellos eran malvados por haber abandonado “la verdad” (La Watchtower) después de la profecía de 1975.  Mi abuelo había renunciado a su negocio y había vivido una vida sencilla, preparándose para el fin, de modo que, cuando este no llegó, él y su esposa abandonaron la organización desilusionados.

Cuando tenía 5 años de edad, nos mudamos a un lugar donde tuve muchos amigos y disfrutaba conocer a gente nueva. A los 8 años, mi padre me presionó para que me volviera una publicadora. Entonces, por querer complacer a mi padre y a Jehová, acordé hacerlo y di mi primera charla en el estrado.

Mi padre nos presionaba mucho cuando se trataba de las actividades teocráticas, porque él era el Supervisor Presidente de la congregación. Como hijos suyos, se nos exigía hacerlo lucir bien. Él quería que entregáramos  todo a Jehová por medio de un servicio fiel a la organización. Si no lo hacíamos, nos dijo que seríamos juzgados en la batalla de Armagedón, que estaba “a punto de llegar.”

Mi padre trabajaba 12 horas al día, 6 días a la semana como cartero, con un salario pequeño. Luego, llegaba a casa y reunía los “tiempos” de la congregación (las horas que cada Testigo dedicaba a la actividad de puerta en puerta). Tenía mucho trabajo de papeleo, deberes y charlas que se le exigía dar, además de su trabajo de tiempo completo y el cuidado de su familia. Así que, realmente no teníamos una relación con él. Mas bien, nuestra relación estaba basada en el temor: temor de disgustarlo, temor de estresarlo, etc.

Recuerdo que de niña tenía pesadillas aterradoras acerca del Armagedón. En mis sueños, la gente moría en frente de mí y yo nunca me sentía lo suficientemente buena. Siempre sentí que estaría entre aquellos que serían quemados vivos por Jehová. Cuando tenía 11 años, mi padre me obligó a bautizarme. Pasé mi verano completo estudiando y memorizando las preguntas para el bautismo. Al final del verano, respondí las preguntas en frente de un panel pequeño de ancianos y fui bautizada en la organización el 8 de agosto de 1998. Se me dijo que ese era el día más importante de mi vida.

Sin embargo, de adolescente, tuve muchos problemas emocionales. No tenía una verdadera relación con mis padres porque ellos eran más leales a la congregación que a sus hijos. Mi hermana mayor fue excomulgada cuando yo tenía 16, y perdí muchos amigos cuando esto sucedió. Los Testigos comenzaron a rechazarme como si yo hubiera sido la excomulgada. Algunos de mis amigos más cercanos dejaron de llamarme y hablarme en las convenciones. Caí en una depresión y busqué ayuda de un amigo mayor de mi padre.

En un año, mi hermana fue reincorporada y volvimos a ser reunidos como una familia nuevamente. Sin embargo, los Testigos, nunca volvieron a tratar a mi hermana de la misma manera en que lo habían hecho antes de que fuera excomulgada. Me sentí tan mal por ella, pero me comprometí a seguir saliendo a servir con fidelidad. Sentía que finalmente estaba en la senda correcta de nuevo. Fui invitada a participar en las reuniones de la Asamblea y en las obras de la Convención del Distrito. ¡Me sentía tan orgullosa de mí misma! Pero la gente seguía chismeando, juzgando y se me quedaban mirando fijamente. Podía sentir sus pretensiones falsas a pesar de sus saludos afectuosos.

Aún no me sentía bien como una testigo de Jehová. Mientras crecía, me llamaban a muchas reuniones de ancianos en las cuales me interrogaban acerca de mi vida personal y me hacían preguntas incómodas acerca del sexo. Me sentía “expuesta” como una mujer joven, de una manera que sería ilegal en el mundo real.

Para poder apartarme de mi congregación, comencé a tomar clases de español en otra congregación y se me exigía unirme a esta después de haber terminado las lecciones. Pero pronto descubrí que este también fue un gran error. Me sentía sola en esta nueva congregación. Los hermanos y hermanas hispanos eran agradables, pero los de habla inglesa me criticaban y eran muy groseros conmigo. La congregación chismoseaba mucho de mí. Finalmente, decidí dejar esta congregación y regresar a la congregación inglesa.

Cuando hice amigos fuera de la organización, los ancianos me aconsejaron acerca del problema de tener “asociaciones mundanas.” Pero secretamente continué manteniendo una amistad con mis conocidos que no eran testigos de Jehová. Encontré más gozo con estos amigos que en la congregación. Ellos me hacían sentir aceptada, amada y querida. Cuando caí en otra depresión, dejé por completo a los Testigos. Aún cuando perdí a mi familia y amigos testigos de Jehová, pude establecer relaciones con “gente mundana” que se preocupaba por mí.

No one can take God away from me...Recientemente me casé con uno de mis amigos que no es miembro de los testigos de Jehová y lo anuncié a mi familia. Mi madre me envió un correo electrónico que decía que yo era una “desgracia” ante los ojos de Jehová.  Me dijo que este matrimonio va en contra de la ley de Jehová y que “este hogar” ya no me pertenecía. También me dijo que era “egoísta” de mi parte enviarle correos electrónicos en los que decía: “Te amo y te extraño.” Ella dijo que yo había destrozado a mi familia y terminó su mensaje diciendo: “Espero que mi bebé regrese a la verdad. Sé que eso sucederá.” Entonces yo le envié un correo como respuesta diciendo:

“…aunque me quedara sin hogar, sin trabajo, dinero, auto, familia, amigos, etc., no volvería a los testigos de Jehová ni en un millón de años.”

Lloré mucho después de dejar a mi familia. Siento que fui privada de una infancia normal. Siempre envidio a aquellas familias cuyos miembros tienen cercanía y una buena relación sin importar lo que suceda. Pero estoy conciente de que mi familia no quiere saber nada de mí, y por mi está bien. Además, la familia de mi esposo me ha mostrado aceptación y un amor incondicional. Ellos son mi VERDADERA familia. Todavía creo en Dios.  Todavía le oro a Él y nadie puede quitarme eso.

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